Juan 7, 27
¿Acaso no son celosos los habitantes de Jerusalén cuando dicen: «Sabemos de dónde viene este hombre. Pero cuando venga Cristo, nadie sabrá de dónde viene»? Casi puedo oírlos susurrando: «Este hombre se parece demasiado a nosotros para ser Cristo, […] si Cristo se parece tanto a nosotros como este hombre, entonces yo también podría haber sido él».
Los celos son una bestia que encontramos, con demasiada frecuencia, acechando a la puerta de nuestro corazón. En sí mismo, este sentimiento, como cualquier otro, no es ni bueno ni malo. Está ahí para darnos un mensaje, para indicarnos que algo nos inquieta. Y es correcto escuchar este mensaje. El pecado comienza cuando alimentamos este sentimiento, como una rueda que gira sin cesar, royendo nuestro corazón.
Para combatir los celos, aquí hay dos preguntas y una actitud espiritual: ¿Cuál es mi necesidad insatisfecha que se expresa en estos celos? ¿Cómo puedo atender esta necesidad? Y luego volvamos a esta actitud espiritual fundamental: «Soy un hijo amado del Padre». Regresemos a nuestro corazón, ese lugar donde nos permitimos ser amados por Dios de una manera única.
Este misterio del amor incondicional de Dios por cada ser humano se manifiesta en el Corazón de Jesús. Si me nutro de este amor incondicional, mi corazón será fuente de amor verdadero y santo. Fui creado para amar y ser amado. ¿A quién le daré hoy una muestra de amor?


Comentarios