CAMINAR, CAMINAR LLEVANDO SIEMPRE EN NUESTROS CORAZONES Y EN NUESTROS LABIOS EL DULCE NOMBRE DE JESÚS.















Felicitación de Navidad


"Conmovido como el seno de María,
en camino con los magos
y mis dudas enredadas a las de José.

Mi rechazo junto a Herodes
(¿por qué ocultarlo? Ten piedad),
miedoso con los pastores
y mi brillo solo como la indicación
de aquella estrella fugaz.

Alegre entre los ángeles,
atento como la mula y el buey
y pequeño, al lado de un niño pequeño.

Así te espero, así quiero esperarte
como el Belén viviente
que tú, Señor, eliges ser conmigo."



Feliz y santa Navidad 


Adviento. El tiempo de José.

Cuando algún comentario considero que puede ayudar a otros, me gusta ponerlo como una nueva entrada. Gracias a Anónimo. Estas son sus palabras. 


"En aquel primer Adviento unos ojos amantes y silenciosos contemplaban a María...

Eran unos ojos que, atraídos por el misterio, se dejaban abrazar por él aún sin comprenderlo;

unos ojos que, sin saber que la maravilla que contemplaban ocultaban una maravilla aún mayor, no dejaban de amar mirando;
unos ojos que intuían algo sin saber qué era;
unos ojos que esperaban pacientes la revelación de Dios porque siempre miraron confiadamente a su Creador. Eran los ojos de José.

Esos ojos fueron causa de angustia cuando mostraron algo inesperado e inaudito y lloraron sin comprender. Pero siguieron esperando contra toda esperanza hasta que sonara la hora de Dios.

Los ojos de José... El misterio de los ojos de un hombre santo que mereció de Dios el encargo de cuidar de la Madre y del Hijo. Los mismos ojos que contemplaron atraídos, primero sin saber; los mismos que fueron golpeados por la sorpresa inesperada; los mismos que lloraron mientras veían la oscuridad del silencio de Dios fueron los que un día contemplaron junto a los de María el mayor de los misterios: Dios hecho Carne, hecho Niño. 

Unos ojos contemplativos, sufrientes y dichosos, siempre fieles, que fueron premiados con la contemplación de Jesús, el Señor."


Adviento. Tiempo de espera.


Adviento. Tiempo de espera, de vigilia. Tiempo que nos hace sentir aquello que nos trasciende y que consolida el tiempo haciendo que llegue la plenitud de los tiempos. Es un momento delicado, pues nos coloca en el borde de la Historia, como si estuviéramos en el Finisterrae y pudiésemos contemplar el horizonte de la eternidad y del infinito.

Casi parece un sueño, una ilusión. No sé si me llena de esperanza o de temor pensar que el tiempo, la Historia, pueden alcanzar su plenitud y elevarse hasta la misma vida de Dios. Cuando miro el cielo tengo vértigo: la profundidad de su abismo me hace sentir que si intento elevarme caeré y caeré sin llegar a ver el final perdiendo el conocimiento en el transcurso de la caída. Prefiero mirar al suelo, tener la vista fija en la tierra, para no ver cuán alejado estoy de Dios…

Pero es Adviento. Dios ha asumido mi tiempo, lo ha hecho suyo, y el abismo que nos separa ha dejado de atemorizarme. Ahora puedo contemplar la profundidad del infinito en los ojos de una joven que se llama María. Está encinta, esperando un niño. Me mira tranquila y veo esa plenitud tan propia de Dios, esa paz que es fuego, una llama que se imprime en el corazón y que lo sella con una cicatriz tan honda que trasciende el horizonte de este mundo.

No es el cielo lo que ahora me da vértigo. Soy yo. En mi pecho anida el vacío del horizonte de la eternidad. Ahora miro el mundo y soy incapaz de satisfacer los deseos de mi alma. Si intento negar a María, si tapo el hueco que me ha dejado en el corazón con la mano y miro hacia otro lado, el pecho pesa y se sumerge en la oscuridad del océano de mi cicatriz, de Finisterrae.

Hay que mirar a María, a aquella que ha acogido al Eterno, al Infinito en su alma y se ha llenado de gozo en la presencia de Dios. Es ella quien convierte mi  angustia en esperanza, quien transforma mi cicatriz en la fuente de la que manan ríos de agua viva, de agua clara y pura, y que hacen que el tiempo que vivo sea pleno.

 
Vivir el Adviento es creer en María, ver en su mirada la plenitud de los tiempos. Ella es la Virgen que es Madre, es el tiempo fecundo y pleno de la eternidad. Hay que estar vigilantes para contemplar su mirada, la mirada que proyecta la luz diáfana de la Verdad, de Cristo.

No tengáis miedo


"¡El Señor viene! En realidad, desde la vivencia de la fe y de la confianza en Él, bien podemos afirmar que el Señor está siempre viniendo, está en medio de nosotros, caminando a nuestro lado por las sendas de la historia que nos toca transitar, y en estos tiempos tan complicados y azarosos.
El Adviento nos ayuda a caer en la cuenta de esta verdad. Y nos predispone para intensificar nuestros encuentros personales con el Señor Jesucristo en la oración más intensa y en la más atenta escucha de su Palabra y de su paso entre nosotros. Siempre nos acecha el peligro de la distracción, sea por las razonables preocupaciones de la vida, sea por los reclamos seductores del consumo, sea por circunstancias personales de difícil manejo… Este tiempo particularmente santo, ante sala de la gran celebración de la Natividad del Señor, es una fuerte llamada a estar alerta. Porque el Señor viene, quiere venir a mi vida, a ofrecerme un plan, a encender mi esperanza, a despertar todas mis capacidades para el bien y el amor.
Él viene a sacarme de la plácida rutina, de la inconsciencia del compromiso débil, del melancólico paso del tiempo que me hace ser espectador indiferente de las grandes luchas y sueños de la humanidad.
Él viene sobre todo a recordarme la más importante de las citas: el encuentro definitivo con Él, ese que fijará mi destino eterno a su lado, y que ahora me exige vivir en vela y sin distracciones estériles, construyendo con su fuerza, y por su mismo Espíritu, ese futuro que desembocará en la Vida-sin-fin."

Acompañemos a María-Virgen en días tan santos.


Porque Le amas.



Eres uno con Dios, porque le amas. 
¡Tu pequeñez qué importa y tu miseria, 
eres uno con Dios, porque le amas! 

Le buscaste en los libros, 
le buscaste en los templos, 
le buscaste en los astros, 

y un día el corazón te dijo, trémulo: 
«aquí está», y desde entonces ya sois uno, 
ya sois uno los dos, porque le amas. 

No podrían separaros 
ni el placer de la vida 
ni el dolor de la muerte. 

En el placer has de mirar su rostro, 
en el dolor has de mirar su rostro, 
en vida y muerte has de mirar su rostro. 

«¡Dios!» dirás en los besos, 
dirás «Dios» en los cantos, 
dirás «¡Dios!» en los ayes. 

Y comprendiendo al fin que es ilusorio 
todo pecado (como toda vida), 
y que nada de Él puede separarte, 
uno con Dios te sentirás por siempre: 
uno solo con Dios, porque le amas.


Dichoso-Feliz


"Dichoso el que con vida intachable,
camina en la voluntad del Señor.



Dichoso el que guardando sus preceptos,

lo busca de todo corazón."


Dentro de ti.


“El Reino de los cielos está dentro de ti.”


Nada temo, Tú vas conmigo.

El Señor es mi Pastor, con Él nada me falta,
En verdes praderas, Él me hace recostar.
Me conduce hacia fuentes tranquilas, 
y repara mis fuerzas.
Me guía por sendero Justo, 
por el Honor de Su Nombre.

Aunque camine por cañadas, oscuras, 
nada temo porque Tú vas conmigo, 
Tu Vara y Tu Cayado, me sosiegan, 

Preparas una mesa ante mí, 
en frente de mis enemigos, 
me unges la cabeza con perfume, 
y mi copa rebosa.

Tu Bondad y Misericordia, me acompañan, 
todos los días de mi vida.
Y Habitaré en la Casa del Señor, 
por años sin término.




Felices permanetemente



"Sentirnos en la obligación de ser felices permanentemente


es una fuente indudable de desdicha, ya que tanto la alegrías como las tristezas son temporales y cíclicas".


¿Santidad?


Te has preguntado en alguna ocasión:


¿Qué es para mí la santidad?



Humildad


“Verdad es que no en todas las moradas podréis entrar por vuestras fuerzas, aunque os parezca las tenéis grandes, si no os mete el mismo Señor del castillo. Por eso os aviso, que ninguna fuerza pongáis, si hallareis resistencia alguna, porque le enojaréis de manera, que nunca os deje entrar en ellas. Es muy amigo de humildad” (Moradas VII, 4, 2).

La humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel, que sin esto todo va perdido. (Moradas I, 2, 8)

“Mientras estamos en esta tierra no hay cosa que más nos importe que la humildad”. (Moradas I, 2, 9)
 
El Señor os lo dará a entender, para que saquéis de las sequedades humildad y no inquietud, que es lo que pretende el demonio (Moradas  II, 1, 9).

“Y creedme que no está el negocio en tener hábito de religión o no, sino en procurar ejercitar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo, y que el concierto de nuestra vida sea lo que Su Majestad ordenare de ella, y no queramos nosotras que se haga nuestra voluntad, sino la suya. Ya que no hayamos llegado aquí ­como he dicho­ humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque, si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, vendrá el cirujano, que es Dios, a sanarnos” (Moradas III, 2, 6).


En el discernimiento espiritual, para saber si algo es de Dios o no, una nota importante es descubrir si va en humildad. “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante ­a mi parecer sin considerarlo, sino de presto­ esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad (Moradas  VI, 10, 7).




El rosario



El rezo del Rosario, 
camino hacia la oración incesante.

Que María, la Virgen del Rosario, nos alcance esta gracia.



¡Nada más que por hoy!



Mi vida es un instante, una efímera hora,
momento que se evade y que huye veloz.
Para amarte, Dios mío, en esta pobre tierra
no tengo más que un día:
¡sólo el día de hoy!
 ¡Oh, Jesús, yo te amo! A ti tiende mi alma.
Sé por un solo día mi dulce protección,
ven y reina en mi pecho, ábreme tu sonrisa
¡nada más que por hoy!
 ¿Qué me importa que en sombras esté envuelto el futuro?
Nada puedo pedirte, Señor, para mañana.
Conserva mi alma pura, cúbreme con tu sombra
¡nada más que por hoy!
 Si pienso en el mañana, me asusta mi inconstancia ,
siento nacer tristeza, tedio en mi corazón.
Pero acepto la prueba, acepto el sufrimiento
¡nada más que por hoy!
 ¡Oh Piloto divino, cuya mano me guía!,
en la ribera eterna pronto te veré yo.
Por el mar borrascoso gobierna en paz mi barca
¡nada más que por hoy!
¡Ah, deja que me esconda en tu faz adorable,
allí no oiré del mundo el inútil rumor.
Dame tu amor, Señor, consérvame en tu gracia
¡nada más que por hoy!
 Cerca yo de tu pecho, olvidada de todo,
no temo ya, Dios mío, los miedos de la noche.
Hazme un sitio en tu pecho, un sitio, Jesús mío,
¡nada más que por hoy!
Pan vivo, Pan del cielo, divina Eucaristía,
¡conmovedor misterio que produjo el amor!
Ven y mora en mi pecho, Jesús, mi blanca hostia,
¡nada más que por hoy!

 Úneme a ti, Dios mío, Viña santa y sagrada,
y mi débil sarmiento dará su fruto bueno,
y yo podré ofrecerte un racimo dorado ,
¡oh Señor, desde hoy!
Es de amor el racimo, sus granos son las almas,
para formarlo un día tengo, que huye veloz.
¡Oh, dame, Jesús mío, el fuego de un apóstol
nada más que por hoy!
 ¡Virgen inmaculada, oh tú, la dulce Estrella
que irradias a Jesús y obras con él mi unión!,
deja que yo me esconda bajo tu velo, Madre,
¡nada más que por hoy!
 ¡Oh ángel de mi guarda, cúbreme con tus alas,
que iluminen tus fuegos mi peregrinación!
Ven y guía mis pasos, ayúdame, ángel mío,
¡nada más que por hoy!
 A mi Jesús deseo ver sin velo, sin nubes.
Mientras tanto, aquí abajo muy cerca de él estoy.
Su adorable semblante se mantendrá escondido
¡nada más que por hoy!
 Yo volaré muy pronto para ensalzar sus glorias,
cuando el día sin noche se abra a mi corazón.
Entonces, con la lira de los ángeles puros,
¡yo cantaré el eterno, interminable hoy!

El más poderoso




El más poderoso es siempre aquel 
que sabe juntar las manos.


Inténtalo


Nadie sabe de lo que es capaz 

hasta que lo intenta.



Silencio


Vacaciones de verano, tiempo propicio, para si se quiere, aprender a silenciar la vida; para ello: 

Mira en silencio,

escucha en silencio,

percibe en silencio,

huele en silencio,

palpa en silencio,

trabaja en silencio,

vive en silencio,

ama en silencio…


Y encontrarás la infinitud del silencio…

                            la eternidad del silencio…,

                            el abismo del silencio…,

                            la sabiduría del silencio…,

                            el amor del silencio….,

                            la pasión del silencio…,

                            la belleza del silencio…,

                            la plenitud del silencio…,

                            la armonía del silencio…

Cuando el silencio habla…


           La vida se transforma.














Feliz verano



Corpus Christi 2014


Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar.
Sea por siempre bendito y alabado. 


Corpus 2014 from maria on Vimeo.


Santísima Trinidad


Señor, contemplar
es verte,
es escucharte,
es tocarte,
es vivirte…

Contemplar, Señor,
es buscarte y no encontrarte,
es desearte y no verte…

Contemplar, Señor es
verte sin mirarte,
presentirte sin sentirte,
escucharte sin oírte,
intuirte y no verte,
gustarte y no tenerte,
amarte y no perderme…

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Glorificar al Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo.



Pentecostés 2014

Oh, Espíritu Santo,

Amor del Padre y del Hijo,

inspírame siempre

lo que debo pensar,

lo que debo decir,

cómo debo decirlo,

lo que debo callar,

cómo debo actuar,

 lo que debo hacer,

para gloria de Dios,

bien de las almas y

mi propia santificación.

Espíritu Santo,

dame agudeza para entender,

capacidad para retener,

método y facultada para aprender,

sutileza para interpretar,

gracia y eficacia para hablar.

 Dame acierto al empezar

dirección al progresar y

perfección al acabar.

Amén.



Noche-Fuente-Sed


Un poema de Luis Rosales (1910-1992) de inspiración sanjuanista dice así:


De noche, iremos, de noche
que para encontrar la Fuente

sólo la sed nos alumbra. 

De noche
A Dios, por lo general, acudimos cuando en nuestra vida es de noche, es decir, cuando comprendemos que le necesitamos. Cuando es de día, en cambio, son tantas las luces que nos deslumbran que es fácil olvidarse de su Luz.
Al igual que al final de cualquier túnel, por largo y oscuro que sea, hay siempre una luz, en el más profundo centro de nuestras noches brilla siempre una llama. Esa llama es Dios, que nos espera en el corazón de nuestras tinieblas. La invitación, por tanto, no es a huir de la oscuridad, que es lo que normalmente hacemos, sino entrar en ella.
Nuestra noche oscura particular puede ser ahora un vicio no erradicado, una pasión desordenada, un pacto con la mediocridad, un problema económico o familiar grave, una crisis de pareja, un miedo de apariencia insuperable… Sea cual sea nuestra noche actual, Dios está ahí para nosotros. Esta es la convicción cristiana más radical.
La Fuente
La felicidad del hombre en este mundo depende de su conexión con su fuente interior, lo que los cristianos llamamos Espíritu Santo. Sólo esta Fuente puede saciar el corazón humano. El resto de las alegrías son pasajeras, fugaces, efímeras…
Seducidos por el espejismo de otras fuentes o, sencillamente, por pereza, con frecuencia, conscientes o no, nos alejamos de esa Fuente. A veces nos distanciamos tanto de Ella que ya ni la vemos y hasta dudamos de que exista. Y nos decimos: ¿no será una ilusión juvenil? ¿No me habré engañado cuando creí beber?
Cuanto más lejos estamos de la Fuente, más se van apagando las esperanzas y menos confianza tenemos en nosotros mismos y en los demás. El futuro se va estrechando. Sentimos la vida como un peso que nos fatiga. Crecen los miedos y las seguridades a las que pretendemos agarrarnos. Todo esto deja una huella física: se ensombrece el rostro y nuestra mirada se apaga. Hay quien piensa que eso es la madurez, pero se trata más bien de la decadencia espiritual o de la muerte en vida. Crecer bien es crecer en vulnerabilidad.
La sed
Es en esta situación límite, casi desesperada, cuando podemos reconocer que estamos profundamente insatisfechos. Antes, quizá, no habíamos tocado fondo y aún nos dejábamos engañar por los sucedáneos de la felicidad: el prestigio social, la compensación sensorial, la seguridad material… Pareja, familia, trabajo…; nadie niega que todo eso sea importante y bueno, pero no es, ciertamente, el Reino de los Cielos.
Lo primero que hace falta para atisbar algo de ese Reino es tener sed; sólo entonces acudiremos a la Fuente. Lo primero es desear la luz; sólo entonces salimos de la noche. ¿Y cómo? Gritando. Sólo un grito imperioso y desgarrado es escuchado por Dios. No hay oración sincera que Él no atienda. Ni una sola. Tampoco hay ritual vacío que Él escuche. Ni uno sólo.
Estar en Dios y estar en las cosas de Dios no es en absoluto lo mismo. Podemos ser muy religiosos y muy poco espirituales, y quizá sea éste nuestro cáncer. Podemos recitar plegarias durante media hora sin haber conectado con Él ni un segundo. Por desconfianza hacia Dios y hacia la vida –que es la misma desconfianza– nos aseguramos todo tanto que, al final, no necesitamos nada y, en consecuencia, nada hay que pedir de verdad. ¿Cuál es hoy mi grito?, ésta es la pregunta. ¿De qué necesito ser salvado en este momento de mi vida? ¿Estoy dispuesto a convertirme en un pobre que suplica?