19 nov. 2015

Sígueme


“Sabe el Señor que los pensamientos del hombre son insustanciales (Sal 93/94, 11)
“Sígueme”. “Ven y sígueme” (Jn 21, 19)
     Señor, ¿cómo me exiges, para ser discípulo, que deje todo, hasta mí mismo, si conoces que los sentimientos del corazón humano son egoístas? Tu exigencia parece sobrehumana, y si las condiciones para ser discípulo tuyo son las que dice tu evangelio, ¿quién puede seguirte?
     En un ímpetu del carácter hasta puedo hacer un acto generoso y aceptar algún despojo, pero después me encuentro aferrado a una idea, un objeto, un afecto humano… Aun en el mejor de los casos, nunca me veo libre del todo de mí mismo y, aunque con los labios pronuncio deseos nobles y al hacerlo se ensancha mi interior tan sólo por imaginar que voy detrás de ti, a la hora de la verdad, constantemente se entremezclan prioridades humanas, gustos y apetencias sensibles que no son tu rostro crucificado.
    Como los discípulos cuando te dijeron: “Señor, ¿quién puede salvarse?”, yo te confieso que en el afán de serte fiel, siempre veo que no lo doy todo. Si debo ser coherente y hacer cálculos con mis fuerzas, la solución parece evidente: “Señor, no puedo”. Y sin embargo, si soy sincero, a pesar de que siento constantemente la quiebra de mi fidelidad, nunca me ha sucedido la determinación de abandonarte. Debo reconocer que los momentos más felices de mi vida los he tenido cuando he caminado detrás de tus huellas.
     No dejes que me encierre en mí mismo, ni que me confundan mis sentimientos. No te canses de pronunciar mi nombre y de decirme: “El que quiera venir detrás de mi, que tome su cruz y me siga”. Quizá ésta sea la única posibilidad: no tanto la de creerme valiente, generoso, radical, sino la de caminar detrás de ti con el peso de mi fragilidad. Tal vez sea éste el secreto: por gracia de tu Espíritu, aunque en  mi corazón se aposente la mezquindad, seguir siempre detrás de ti, de tu misericordia, andar a cuestas con mi mediocridad, con mi dualidad, mis contradicciones…, mas siempre detrás de ti. Seguir con la pesadumbre de saberme constantemente frágil, incapaz, mas detrás de ti.
    No dejes, Señor, de invitarme, por más que rehúse mentalmente tu programa. Que oiga de ti, como tú sabes decirlo, “Sígueme. Ven y sígueme. Vente conmigo”. Que por tu misericordia nunca me desvíe de este sendero, en el que tú me precedes.

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