26 feb. 2016

La gracia de la debilidad

Durante cuarenta años no se puede hacer demostración de fuerza. Es posible correr durante un día de andadura, para una vida entera hay que medir el paso y contar con la vulnerabilidad esencial de la naturaleza humana. Sin embargo, aunque no se puede caminar siempre con tensión -San Bruno dice que un arco siempre tenso se hace inservible-, se puede descubrir una extraña fuerza en la debilidad.
Constato, muchas veces, que cuando más débil, frágil y menesteroso me encuentro es cuando más sensible estoy, y normalmente entonces acudo a la oración con mayor receptividad y apertura. Son ocasiones en que bebo la Palabra, suplico intensamente, me encuentro abierto, y acojo, aun en medio del dolor, lo que supone siempre verse tan pobre.
En cambio, cuando me parece que estoy firme, que hago las cosas bien, me sobreviene una falsa seguridad, que me instala en mis modos de ser y de pensar de manera refractaria. En estos momentos, no valoro lo que significa un poco de agua en el desierto, una sombra en el camino, a la hora de mayor calor, y quizá no comprendo a los que necesitan esos auxilios.
No deseo afirmar de manera absoluta algo que no sé si es igual para todos. Por lo que yo experimento, descubro que las ocasiones de mayor receptividad de las mociones interiores suceden cuando estoy más sensible, y normalmente la sensibilidad es mayor cuando me siento menesteroso y débil.
Si son así las cosas, ¿será una gracia la pérdida de seguridad y el despojo que te convierte en mendigo de la mirada compasiva, de la misericordia de Dios?
Sólo sé que la oración humilde y la estancia silenciosa, que transcurren en la percepción de la propia pobreza, producen en mí una apertura y acogida mayores que cuando me creo seguro de mí mismo. A la hora de haber una evaluación, descubro que en tiempos de debilidad soy como el campo labrado que recibe la semilla, como la tierra húmeda que permite que el grano germine. Me parezco a la tierra sedienta, resquebrajada su corteza endurecida, que absorbe la gota de agua y la lluvia del tempero.
El sentimiento de búsqueda y la atención interior que se viven en los momentos de prueba y debilidad son inigualables. No se pueden comparar con lo que se experimenta cuando parece que no se necesita nada.
Lo que me resulta evidente es que cuando confluyen debilidad y relación teologal se da la mayor posibilidad de la experiencia luminosa. ¿Habrá que agradecer las heridas? Quizá en tantas ocasiones son la providencia para despertar la sensibilidad y propiciar así el encuentro con Quien desea vivir siempre a nuestro lado.
Más allá de la fenomenología personal y subjetiva, lo cierto es que Jesús se dejó reconocer por los suyos cuando estaban abrumados por la mayor tristeza, cuando, doloridos y sobrecargados, su naturaleza les llevaba a la desesperanza, al llanto, al miedo, al retorno escéptico.
Al hablar de manifestaciones de debilidad, recuerdo  las lágrimas de María Magdalena, el lamento de las mujeres que acompañaron a Jesús camino del Calvario y lo buscaron en la mañana de Pascua, el miedo de los apóstoles, la desesperanza de los dos discípulos de Emaús, el retorno a los trabajos de la pesca de Pedro y sus compañeros, el escepticismo de Tomás… San Pablo confiesa:
“Me complazco en mis flaquezas, en la injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor. 12,5-10).
Es natural que, después de la Pasión, los discípulos de Jesús estén tristes. Mas resulta sorprendente que la experiencia de la resurrección se dé en todos los casos en las circunstancias de mayor debilidad, en momentos muy dolorosos. A la luz de los relatos de Pascua, descubro el sentido positivo de las situaciones de desánimo, que pueden ser momentos de gracia y convertirse en hitos de fe.
“Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” 1Cor. 1, 23-25).
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2 comentarios:

Rosa dijo...

Sí, así lo siento también.
Una reflexión preciosa.

Gracias.
Un beso, mi querida Caminar.

Rosa dijo...

Feliz y santa semana, querida amiga.

Un beso.

Sólo Dios

No soy bufón que haga reír a cortesanos, ni  marioneta movida por dedos sin cristal. No, no cambiaré por caprichos humanos s...