Ir al contenido principal

Santo Domingo y la oración

Cuantos vivieron con Domingo y cuantos se acercaron a él poco o mucho, insisten en la intensidad de su oración. Domingo ora como respira. Pasa lo mejor de su vida orando. Entra en la oración con la misma naturalidad y tan rápidamente como otros entran en el sueño. Dormirse espontáneamente es una prerrogativa de la infancia. Domingo es un niño según el evangelio, un niño que se sumerge en la oración al primer momento que se le presenta. Y sobre todo durante la noche. Para él la noche se ha hecho para rorar.
Domingo, como lámpara que brilla en la noche, practica el precepto del Señor:”Estad en vela, pues, orando en todo tiempo” (Lc. 21, 36). No ora sólo con la boca. Todo él se convierte en oración, ora con el cuerpo y con el alma. Se inflama por su Señor; arde en amor por Él. La oración responde a un imperativo: no hay tiempo que perder, pues lo que se pierde son almas los que sufren corren el peligro de desesperarse. Hay que intervenir inmediatamente.
Siguiendo a santo Domingo aprendemos a orar con todo el ser. Para poder imitarlo, hace falta observarlo…El contenido de su oración se expresa en sus actitudes, que hablan por sí mismas. He aquí algunos momentos esenciales.
Para estar realmente presente ante la presencia real de Aquel a quien nos dirigimos, es necesario primero prosternarnos con fe ante Él. Así a veces se inclinaba humillándose ante el altar, como si Cristo, representado en él, estuviera allí real y personalmente:
Para expresar la actitud de humildad, la única conveniente para quien es consciente de su indignidad, hay que pegarse a la tierra y prosternar profundamente el cuerpo, arrastrando así todo nuestro ser. Oraba también con frecuencia santo Domingo postrado completamente, rostro en tierra.
Como la oración del cristiano es ante todo imitación de Cristo orante, y ya que la oración de Cristo alcanza su perfección en la cruz, el cristiano sabe que debe pasar por la cruz para llegar a la verdadera oración. Contemplar la cruz, abrazarla, pegarse a ella –tal como fra Angélico pintó tan frecuentemente a santo Domingo- es prolongar el sacrificio dela misa, es entraren la oración misma de Jesús. A Domingo le gustaba sobre manera contemplar el crucifijo: se volvía hacia el crucifijo, lo miraba con suma atención y se arrodillaba una y otra vez. (…)
Domingo está sumergido en la oración como en un recipiente que lo decanta, lo purifica, lo transforma y destila todos sus pensamientos al igual que todos sus impulsos, para hacer de él una ofrenda pura. No es tanto que rece con su cuerpo, sino que su cuerpo se ha convertido en oración.
No ora por él. Como Cristo, reza por los demás. Deja que el Señor inaugure en él esa nueva forma de la creación que quiere para el mundo entero. “La creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto”.
Alain Quilici

Comentarios

m.jesus ha dicho que…
Acabo de descubrir tu blog. Y me gusta mucho.
Un abrazo